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Hace muchos años con una amiga empezamos a hacer yoga. Formamos un variopinto grupo con su madre y una amiga de ésta. Nos reuníamos en su casa, en su habitación, una vez por semana al medio día. Yo galopaba desde la facultad hasta el centro de Madrid donde vivía. La profe, María, fue una precios influencia en esa época. No recuerdo cuantos años estuvimos con esa rutina, pero el grupo progresó, se sumaron otra amiga y mi hermana y avanzamos muchísimo en la exploración del yoga.

Hata Yoga era, pero probamos otras muchas variantes. La meditación, los cantos. Fueron herramientas que nos hicieron crecer.

Tras la sesión de yoga, casi siempre, por no decir siempre, me quedaba a comer las ricas cosas que cocinaba Carmen, y con la tranquilidad que da la vida universitaria solíamos pasar la tarde mi amiga y yo, sentadas en el alfeizar de su balcón tomando tés de infinidad de sabores y conversando sobre la vida.

María la profe, fabricaba unas colchonetas preciosas de colores para hacer yoga, y la madre de mi amiga me regaló una, azul y rosa oscuro. Con el tiempo, quisimos profundizar y nos recomendó un libro que presentaba una síntesis del yoga y los principios básicos de la práctica. Era un libro realmente completo en el que la propia profe había participado. Además de la filosofía contaba con todas las posturas de yoga y buenas explicaciones sobre lo que hacer y no hacer. Como la economía apretaba, mi hermana y yo compramos uno para las dos. Durante años, después de que el grupo se disolviera, después de que pasaran años más, el libro fue ciculando entre mi hermana y yo y siempre fue un precioso recuerdo para volver a la práctica del yoga. Pero nunca como en aquella habitación del centro de Madrid.

Hace unos años me mudé a la selva misionera en el noroeste argentino. Una zona rural que debe tener su encanto ya que somos muchos y variados los que nos hemos trasladado a esta zona de frontera. De a poco, hemos hecho amigos, y después de eso, siempre se chusmea la biblioteca del vecino. Y en una de esas, volví a hacer yoga con una vecina. Lo más increíble es que entre sus libros encontré el mismo libro de yoga que yo había tenido en Madrid y que al final se había quedado mi hermana. Como parte de mi recuperación se lo pedí prestado para hacerme una sesión apta para mis limitaciones de ejercicio tras la operación. ¡Disfruté tanto leyéndolo de vuelta!

Como dije, en mayo volví a mi ciudad y una noche volví a cenar con mi amiga de entonces. Tras una larga cena de sushi y buen vino le conté este reencuentro con el libro. Su cara de asombro no puedo olvidarla.

En estos años que han pasado su madre transitó por un largo cáncer que le permitió vivir más de lo que al principio pensamos. Hace dos años que ha muerto.

En esta cena Emma se acordó de que cuando murió, al repartirse la ingente biblioteca de su madre, apartó un libro para mi. Se trata del libro de Danilo sobre yoga, que aunque yo no me acordaba, mi hermana y yo le regalamos a su madre hacia el año 2002 como parte de un dar las gracias (nunca suficientemente) por el espacio que había creado para nuestros encuentros yóguicos. Una ida y vuelta que hace historia. Nuestra historia.

La última vez que vi a su madre estábamos por entrar a ver el espectáculo de Peter Brook sobre la Flauta Mágica. Fue el último espectáculo que vi en Madrid antes de venirme a Argentina. Fue en el ámbito del famoso Festival de Otoño de teatro que siempre disfrutábamos y que un día, por no se sabe qué, pasaron a época de primavera sin cambiarle el nombre. Una estupidez.

Esa tarde, en el Teatro del Canal me despedí de Mercedes y del Madrid cultureta.

Danilo Hernández, Claves del yoga, Ed. La liebre de marzo 

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