Vuelvo con la maleta llena de libros. Regalos muy diferentes que ya han empezado a dar sus frutos. Antes de volver Tití organizó una linda cena familiar con locro y encima me regaló un libro: “Sábado”. Una historia que transcurre en un día, al uso de las viejas tragedias griegas y el teatro de la edad de oro español. Unidad de tiempo. De lugar: Londres. Unidad de acción: presentación, nudo y desenlace trágico.

El argumento es sencillo y el estilo fluido. Se lee del tirón. Puede que la traducción no sea la mejor en cuanto al lenguaje coloquial, pero si hace un buen trabajo con los términos técnicos.

Me saltan dos temas: la vida de trabajo o la nada o bien, el trabajo=nada o vivir trabajando para evitar la nada. Y ahí, tangencialmente, aparece el tema de la conciencia como fenómeno o epifenómeno del cerebro.

“Hay días, e incluso semanas enteras, en que el trabajo puede llenar cada hora; es la marea, el ciclo lunar al que han ajustado su vida, y sin él, al parecer, no hay nada. Henry y Rosalind Perowne no son nada” (p. 36)

“el trabajo es el emblema primordial de la salud” (p. 37)

La conciencia

Es personaje es un neurocirujano abnegado con su trabajo, exitoso, todavía joven, responsable con sus pacientes y su familia. Vive en Londres y con él vivimos un día en su vida entre la rutina y lo extraordinario a través de su hilo de conciencia y de un narrador omnisciente.

La ciudad vive un día extraordinario porque se celebra la manifestación más multitudinaria que hubo contra la guerra en Irak. Opiniones a favor de la guerra se dispersan por sus páginas casi a modo de autojustificación: la violencia tiene cabida en su cosmos y así la violencia se desata.

Como buen inglés no se adentra en grandes abismos sentimentales ni en grandes temas metafísicos. Cuando se avecina, surge el pragmatismo que aleja cualquier elaboración emocional.

“El pensamiento primitivo de los que tienden a lo sobrenatural viene a ser lo que sus colegas los psiquiatras llaman un problema, o una idea, de referencia. Un exceso de subjetividad, ordenar el mundo en consonancia con tus necesidades, una incapacidad de contemplar tu propia insignificancia. En opinión de Henry, este tipo de razonamiento corresponde a un espectro en cuyo extremo, irguiéndose como un templo abandonado, se halla la psicosis” (p. 29).

Templo abandonado desde que Freud dejó de lado la psicosis por intratable. Por suerte el psicoanálisis siguió desarrollándose después de él y trató de tratarla.

Las reflexiones sobre el potencial de la neurocirugía, el papel de la psiquiatría tras el desarrollo de las intervenciones del cerebro, los psicólogos, que como dice “no se ocupan del cerebro sino de la mente, de las enfermedades de la conciencia” (p. 106)

Y más allá de la codificación genética: la repetición como generadora de cultura, de convenciones, que pueden llegar a ser tan complejas como la “politesse de la corte de Versalles, que ningún conjunto de genes explica” (p. 197).

Confiesa ya casi al final de la novela que “A pesar de todos los avances recientes, no se conoce todavía el modo en que este kilogramo aproximado y bien protegido de células codifica información y almacena experiencias, recuerdos, sueños e intenciones (…) el secreto fundamental del cerebro se descubrirá algún día. Pero incluso entonces subsistirá el prodigio de que una mera sustancia húmeda pueda crear este radiante cine interior de pensamiento, de visión, sonido y tacto conjugados de una vívida ilusión de un presente instantáneo, con un yo, otra ilusión de brillante factura, que gravita en el centro como un fantasma. ¿Llegará a saberse algún día cómo la materia se vuelve consciente?” (p. 297)

Interesante concepción de la vida psíquica como teatro interior. Pero poco contemporáneo tratar la conciencia del presente y del yo como meras ilusiones. Porque si ellas son ilusiones, la realidad es otra más y así todo nuestro mundo y nuestra vida quedan en el rango de lo ilusorio, pero sin ningún punto de referencia que lo distinga de una supuesta realidad verdadera. Así llamarlo a todo ilusión es equivalente a llamarlo verdad, no cambian en nada sus atributos.

Poco falta en la novela para que se cierre la tragedia, no quiero contar como, pero en medio de una operación reflexiona Henry: “Qué maravilloso cuento de hadas, qué comprensible y humano era el sueño del contacto que sana. Si se pudiera curar con la simple caricia de un índice, ahora lo haría2 (p. 298)

Es curioso como a lo largo de la novela transita prácticamente todas las concepciones y problemas sobre la relación cuerpo-alma y sobre la enfermedad y la curación de la mente y del cerebro. Y en este momento alude a aquello que Mesmer y tantos otros soñaron, curar por la sugestión, como si todo fuera causa de un delirio psicológico que se pudiera eliminar con otro delirio.

Yo creo que la psique tiene la fuerza para crear enfermedades físicas y evidentemente psíquicas, pero también al contrario. Los descubrimientos del papel de los neurotransmisores y su inmensa variedad son quizá el futuro campo de investigación más prolífico que modificará completamente la concepción del cerebro, más allá de la física, la química traerá una nueva forma de entender la complejidad de mente y cerebro.

La novela está muy bien documentada y el autor lo agradece en un apéndice. Loable trabajo de documentación y aprendizaje.

La violencia.

Un insomnio no habitual comienza este sábado produciendo el primer espectáculo de la violencia: una bola de fuego en el cielo del amanecer sobre Londres destapa una inquietud.

“una ciudad, por naturaleza, cultiva insomnes; ella misma es una entidad que no duerme y cuyos cables nunca paran de sonar” (p. 29)

Violencia: un día con las reglas cambiadas por una manifestación masiva, una manifestación pacífica contra la violencia de una guerra inminente producen un encontronazo con el coche de un matón en el centro de un Londres plenamente peatonalizado. La moderación da paso a un cierto instinto de supervivencia y a una rabia narcisista que le incitan a enfrentarse al matón. Pero el matón tiene una enfermedad neurodegenerativa. Cierre hermenéutico. Se pasa a otra dimensión. Es la espiral de la violencia.

Herencia

El realismo, la competitividad, el pensamiento burgués de un profesional al que le van bien las cosas, caracterizan a este tipo, Henry. Pero no está solo. Su constelación familiar le acompaña, le enriquece y le da sentido a su existencia en las horas que pasa fuera del trabajo. Un toque bohemio, otro musical, otro estético y otro contestatario están representados por los miembros de su familia dándole vidilla a este personaje que se complementa con los que le rodean. Trabajar o la nada.

Durante la novela se despliega una puesta es escena sobre la herencia. Desde la perspectiva científica a la narratológica.

“Es un lugar común de la genética moderna y la crianza de los hijos que los padres tienen poca o ninguna influencia en el carácter de los mismos” (p. 38)

Y sin embargo poco después Henry se atribuye haberle enseñado el blues a su hijo, que hoy es músico. Y poco después, uno de los nudos: el abuelo, poeta famoso, transimitendo el amor a la poesía a su nieta. Le pagaba por aprenderse poemas de memoria cuando era chica. La nena ya es una mujer y vive en París, presenta su nuevo libro y se produce un choque cuando quiere encontrar el reconocimiento del abuelo.

No es fácil heredar pues a veces se plantea una competición. Poco sana, poco constructiva, muy dolorosa.

La noche del sábado se producirá una reunión familiar donde abuelo y nieta se reencontrarán y todos esperan que hagan las paces.

Agosto: Llega Pablo leyendo el mismo libro. Tampoco le gusta el personaje, pero ¡cómo escribe que McEwan!

Septiembre: Mientras escribo esto me doy cuenta de una cosa. Anoche me acosté sabiendo que pasaría la mañana pasando a limpio las anotaciones de las lecturas. Ahora recordé que soñé que volvía a trabajar en una oficina. Se había creado una nueva empresa de gestión cultural y publicidad que se había llevado a mucha gente de La Fábrica. Me presenté y empecé a trabajar, aunque en realidad era todo tan moderno y el lenguaje tan específico que más que nada durante el sueño yo solo trataba de enterarme de como funcionaban las cosas.

La dinámica era medio parecida a escenas de Mad Men pero en el siglo XXI y otro tanto de The news room.

La gente, y yo misma, me preguntaba qué hacía ahí. Mi respuesta es que quería un poco de adrenalina. Pero al final de la primera jornada, ya empezaba a recordar lo que es todos los días volver al mismo sitio a la misma hora frente a una pantalla. Me despierto en la selva.

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