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Caminante no hay camino, se hace camino al andar...A. Machado

Caminante no hay camino, se hace camino al andar…A. Machado

En la calle hay un dicho que enuncia que España se está argentinizando y Argentina se está venezolizando.

Hasta el momento mi percepción me guiaba a una interpretación del tipo económico: la clase media en España está a la baja; una buena porción ha pasado a ser pobre: véanse los datos de niños en riesgo de pobreza que hablan de padres pobres. En el siguiente escalón está Argentina que se dice bolivariana, cuando lo que copia no es sino una estética histérica, muy común al difunto Chávez y a la actual Cristina, ya que petróleo no se está repartiendo, sus niveles de analfabetismo son relevantes por primera vez en décadas y entre tanto, le dan al verbo para tapar acciones del poder por el poder, independientemente del partida en el que se milite.

En realidad, pensándolo bien, habrá quien vea en el alza del nuevo partido político ‘Podemos’ una tendencia hacia el populismo de tipo chavista, una frase que nos lleva a América del Sur cuando pensábamos que tan solo estábamos al norte de África, como bien sabía Ortega.

El miedo a la ruptura del bipartidismo es lo que sin embargo – y ahora lo veo claramente- nos ha llevado de facto a una evidente “argentinización y venezolización”, pero no en cuanto a la imagen que unos y otros pretenden dar en estos últimos años, sino en las prácticas que siempre han caracterizado a Argentina, un país que con su inmensa riqueza cultural y territorial ha permitido que se robara cientos de veces su producto interior bruto e intelectual. Así que el quid de la cuestión es más bien el hecho de que un país con corrupción es un país cuyos ciudadanos permiten que sus representantes políticos estén corrompidos, que sus leyes no impidan la corrupción y si la hay, la castiguen proporcionalmente al daño, no material, sino moral que inflingen en los ciudadanos. ¿Y por qué moral? Porque la corrupción existe porque es permitida por toda la estructura de un estado.

Así, la indignación general que ha probocado una nueva forma de organización, no solo en la cara de Pablo Iglesias (que ya tiene gracia que tenga el mismo nombre que uno de los fundadores del PSOE!), sino antes en UpyD (sin mucho éxito), en las diferentes secesiones del PP hacia la ultraderecha o el centro de manos de organizaciones civiles como por ejemplo las vístimas del terrorismo, Equo, Vox después, y uno más, pero no cualquiera, “Podemos” al que ahora se le suma “Ganemos” que viene a ser una cualización de otras alternativas menos visibles.

Pero precisamente, donde ciertos sectores ven “argentinización” bolivariana, yo veo más bien ilustración democrática (¡por fin!), en el que una regeneración democrática no pasa por un recambio generacional -tal como lo entiende el PP, que pensando siempre en lo mismo y en sí mismo, sólo entiende el cambio como mero paso del tiempo, sin cualidad creativa en él-. El cambio de Podemos es un cambio de dinámica y de estructura donde – y he ahí otro punto de inflexión muy muy relevante- es perfecto, evidente y necesario, absolutamente necesario, que no haya un plan a priori, donde las ideas no estén pre-establecidas, donde no se tenga opinión sobre cualquier cosa y sobre todo…y ¡no! Cómo un líder, uno, puede sintetizar la voz de una multitud en debate, en reflexión, en crítica y autocrítica, en asamblea casi permanente – discurso en formación, en cambio constante de algo que está siendo creado colectivamente!- y donde no se espera llegar a ninguna conclusión concluyente, pues entonces estaría en el dogma de creer que se puede tener la solución perfecta.

Pero aquí lo que está creando falacias no es la respuesta que da ‘Podemos’ -como entidad colectiva- a una situación lamentable del país por el hecho de existir y de decir, colectivamente. La falacia se crea equivocando el problema, equivocándonos en las preguntas, porque las preguntas que tienen respuestas predeterminadas no son realmente preguntas. Y esas son las que normalmente hacen los periodistas a los políticos y los políticos a la ciudadanía en forma de listas cerradas y de democracia indirecta.

Hoy, la ilustración pasa por hacer otras preguntas a la ciudadanía y hacerle todas las preguntas al que quiera participar como representante. Y esas preguntas hay que crearlas. Otra ciudadanía para otros políticos y otros periodistas.

Tras las encuestas del CIS y Metroscopia los editoriales y columnistas se aprestan a pedir a Podemos una carta de navegación, una declaración de intenciones, una receta de cocina en que enseñen sus cartas. Pero por su propia dinámica es precisamente lo que no creo que hagan, ya que no es un producto del márketing precocinado y embasado al vacío, sino una creación constante.

No es menor la cuestión de que muchos de sus cabezas visibles vengan de la Universidad, donde si bien no encontramos el mejor panorama del mundo a nivel intelectual, es un ámbito donde se trata de evitar la tendencia a la fragmentación de la información y el conocimiento y donde sus tiempos todavía permiten reflexionar, individualmente y colectivamente. Así que podemos presuponer que sus miembros más visibles vienen de una larga reflexión sobre la teoría y sobre las prácticas más o menos contemporáneas y que algo han aprendido de todos sus errores.

En esta esperanza y en la corrección que produce una masa pensante (que no me oiga Canetti!) me regocijo al ver los ataques de PP, PSOE y periodistas (el colmo es un editorial de El País solicitando al PP que de forma urgente reaccione para no seguir perdiendo votos que asegurarían la ruptura del bipartidismo, escenario que para el Grupo Prisa parece terrorífico) entrando en pánico ante un escenario no previsible.

Solo en la creatividad está la salida, y los que no tienen miedo son los que ganarán la partida.

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