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Tras fracasar con la lectura de “El cementerio de Praga” de Eco, que abandoné a finales de marzo y aunque lo acarreé hasta España, no me siguió interesando y lo dejé, físicamente, en Madrid.

Ahora leo la “Historia de un Estado Clandestino” de Jan Karski

Me paro a escribir nada más leer. El libro habla del gobierno polaco en el exilio tras la invasión alemana del 39 que dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial.

El espíritu abierto, cosmopolita, optimista, que expresa el joven Karski lo he encontrado en muchos otros testimonios reales o ficticios de esa época.

No me extraña que toda evocación de una época de preguerra se llene de matices de plenitud y vitalidad al narrar las historias ya después de la guerra. Se idealiza el pre de la guerra.

Pero en todos los casos siento que la expresión coincide con el título de las memorias de Zweig: “El mundo de ayer”

La conciencia de haber perdido un mundo, la narración de un climax cultural y su caída, su inmolación…

Y sigo encontrando paralelismos con la generación que vivió su juventud entre los 80 y los 90 que creció viendo un mundo de expansión y desarrollo que parecía saltar en trampolín con el avance de la tecnología sobre la vida cotidiana y sin embargo, un día se desayunaron que todo ese impulso, toda la educación, la libertad y sus promesas no se podrían seguir desarrollando. Una nueva caída, también con esa conciencia de pérdida sin vuelta atrás. Y no por una guerra, sino por las muchas guerras y el creciente poder de la dimensión financiera del mundo en detrimento de las personas.

El mal no se puede anticipar, y cuando se presenta es siempre peor de lo que hemos imaginado, de lo que se puede imaginar.

Y dice Karski: “Los acontecimientos se habían alejado por completo de nuestra comprensión, privándonos de toda volición”

Me pregunto si no es necesaria la volición para que pueda darse el círculo hermenéutico. Sin interpretación solo hay dogma, parálisis de la crítica. Fascismo.

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