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Unos meses antes de que el coronavirus se extendiera por el mundo, con el impulso de mi señora madre comencé un nuevo proyecto de enseñanza on line: www.filosofiaenlasnubes.com

Hoy es una realidad con varios cursos de filosofía activos y como una plataforma de soporte para los estudios de posgrado.

El título de nueva aventura, “Filosofía en las nubes” hace referencia a una comedia titulada “Las nubes“, escrita por Aristófanes en la que se burla de Sócrates y de aquellos que buscan las definiciones de los conceptos en vez de vivir. Sin embargo, para Sócrates, la filosofía es un modo de vida, y quizá, el más complejo al que puede aspirar cualquier ser humano.

Cuando todo pasa por una pantalla es necesario cambiar la atención de afuera hacia adentro, y adueñarse de la experiencia filosófica de más de 25 siglos para aprender, una vez más, cada día, como si fuera el primer día, como si fuera el último, pero no desde la nada, sino desde la rica tradición de la filosofía occidental que nos permite entender el mundo, el cambio, la psique, el alma, el cuerpo, los problemas del conocimiento, de la vida, de la política.

Un camino sin certezas, pero que debe contar con la alegría, aún en la incertidumbre, de que ese camino no se recorre en soledad.

Peter Sloterdijk comienza su libro “Normas para el parque humano” con la siguiente reflexión, invitando a seguir amando la sabiduría y a hacer de la filosofía como un virus que contagia a los lectores e interlocutores:

“Como dijo una vez el poeta Jean Paul, los libros son voluminosas cartas para los amigos. Con esta frase estaba llamando por su nombre, tersa y quintaesencialmente, a lo que constituye la esencia y función del humanismo: humanismo es telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito. Eso que desde la época de Cicerón venimos denominando humanitas es, tanto en su sentido más estricto como en el más amplio, una de las consecuencias de la alfabetización.
Desde que existe como género literario, la filosofía recluta a sus adeptos escribiendo de manera contagiosa acerca del amor y la amistad. No es sólo un discurso sobre el amor por la sabiduría: también quiere mover a otros a ese amor. El hecho de que la filosofía escrita haya podido siquiera mantenerse como un virus contagioso desde sus comienzos hace más de 2.500 años hasta hoy, se lo debe al éxito de esa facilidad suya para hacer amigos a través del texto. Así ha logrado que se la siga escribiendo de
generación en generación como una de esas cartas en cadena y, a pesar de todos los errores de copia, o quizá precisamente por ellos, ha ido atrapando a copistas e intérpretes en su fascinante hechizo creador de amigos.
El eslabón más importante de esta cadena epistolar fue, sin duda, la recepción del mensaje griego por parte de los romanos, pues la apropiación romana del texto lo hizo por primera vez accesible para todo el imperio e indirectamente también —por encima y más allá de la caída de la Roma occidental- para las culturas europeas posteriores. Seguro que se habrían sorprendido los autores griegos de saber qué clase de amigos aparecerían un día al reclamo de sus cartas. Una regla de la cultura literaria
es que los emisores no pueden prever a sus receptores reales. Lo cual no priva a los autores de embarcarse en la aventura de poner a circular sus cartas dirigidas a amigos no identificados. Sin la codificación de la filosofía griega en rollos de papel escrito transportables, esos objetos postales que llamamos tradición jamás se habrían podido enviar; pero sin los lectores griegos que se ofrecieron a los romanos para ayudar a descifrar las cartas venidas de Grecia, aquellos mismos romanos no habrían sido capaces
de entablar una relación amistosa con los emisores de esos escritos. Una propuesta de amistad que quiera aventurarse a salir lejos requiere, por tanto, ambas cosas: las cartas en sí y sus remitentes o intérpretes.” (pp. 18-20)