18 de febrero

Este pobre Rousseau se opone a los demás como si él fuera el único virtuoso, como si solo él buscara el bien, frente al resto de contemporáneos y examigos que él califica de cínicos, relativistas y amorales. Desviados de la justicia y el bien según él los entiende llega a afirmar “Toda la generación presente no ve más errores y prejuicios en los sentimientos con que soy el único en nutrirme (….) ¿Soy pues el único sabio, el único esclarecido entre los mortales?”

Y cuando se trata de “todos contra uno” hay una prepotencia que huele a error, pues si alguno de todos esos ‘todos’ o de esos ‘unos’ hubiera sabido alguna vez de forma certera y concluyente qué sea la justicia y qué sea el bien, al menos habría una referencia histórica a la que mirar, y sin embargo no la hay. No hay referencia histórica ni conceptual, ni teórica ni imaginaria, el bien es una ilusión de cada uno en la que cada uno desearía vivir, pero todo cada uno está siempre fallado y no hay forma de saber cuándo ni como mostrará sus fallas. Una amiga se pregunta “¿qué hice mal?” mientras pensaba que solo hacía el bien, con conciencia y voluntad? Y ahí está el meollo, por mucho que nos creamos en el ejercicio del bien y de la ‘justicia imparcial’ (como es del gusto de Rousseau), se trata solo de una ilusión del yo.

El único ejercicio legítimo que se me ocurre es tratar de conocer todo ese otro yo que nos comanda, los instintos y deseos que nos mueven aunque no lo sepamos, aunque no los conozcamos y que no atienden a ningún criterio moral ni ético, son el egoísmo absoluto con una fuerza que también no es desconocida. Sólo en ese conocimiento, como el que habita un saber sabiendo (al más puro estilo aristotélico del entendimiento que entiende, entendimiento) mienta sabe, es decir, de forma activa y orientada a una inquietud por el bien común, se puede lograr una mínima capacidad de convivencia, tolerancia y solidaridad, reconduciendo al menos un poco y de vez en cuando toda esa fuerza inconsciente en algo no egoísta sino común, con fines no egocéntricos sino comunitarios.

24 de febrero

Cuando empecé este blog una amiga me sugirió dos lecturas que en cuanto pude me descargué fácilmente de internet. E introduciendo los libros en otro de los regalos de Mery Popins (de viajes anteriores), mi e-reader, abrí el documento hace unos días.

Se trata de la novela “El maestro y Margarita” de Mijail Bulgakov. 

Al comienzo parece más bien un texto del teatro del absurdo del Becket que esperaba a Godot. Luego se convierte en algo más parecido a Brecht. Los personajes hablan deprisa, hay pocas contextualizaciones y casi ninguna descripción porque en el diálogo se fraguan los escenarios, la atmósfera, los personajes, las relaciones, los miedos y las experiencias que presenta el autor.

Es un buen contraste después de tanto drama de la Segunda Guerra Mundial y de los desastres de los nazis un poco de ficción ligera pero no por ello tonta. De momento muy entretenida, viendo las peripecias que desata la aparición de algo así como ‘el demonio’ en la Rusia del primer comunismo mezclado con referencias históricas.

Veremos como se desenvuelve este Fausto y quizá lea luego la versión de Goethe…

 

 

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